EL ARMARIO DE LAS BRAGAS

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


Querida Lita:

Te escribo como quedamos, para contarte los últimos detalles del entierro de la Yaya.

Ya sé que lamentas mucho no haber podido venir a presentarle tus respetos. Pero todos te entendemos, con el niño chico aún y lo largo que se hace el vuelo, la Yaya se hubiera levantado de la caja a reñirnos si llegas a aparecer. Ya sabes el genio que se gastaba la abuela.

He esperado a abrir el testamento para escribirte estas líneas prometidas. La Yaya no dejaba mucho, ya sabes. La casa del pueblo para la tía Lola, el pisito de la ciudad para mamá. Y algunas de sus pertenencias, entre nietas políticas, sobrinas y allegadas.

A ti y a mí nos ha dejado su biblioteca y la colección de acuarelas, como siempre nos había dicho. Por comodidad aún están en la casa del pueblo. Tenemos que ponernos de acuerdo sobre qué hacer con ello.

Además, me ha dejado a mí todo lo que queda de su ajuar hecho a mano...pobre abuelita, no pierde la esperanza de que siente la cabeza y me case algún día. Ni cuando cumplí los cuarenta dejó de insistir en su empeño.

A ti, en exclusiva, te ha dejado el viejo armario, ¿recuerdas? El que había sido de su padre, el boticario. El que tiene unos doscientos cajones pequeñitos.

La verdad es que es una preciosidad de mueble, todo en castaño y tallado a mano. Ya no se hacen así. Pero no se me ocurre cómo te lo ibas a poder llevar a tu Venezuela.

Y ahora viene la explicación que tenía ganas de darte.

Lo importante de ese armario, me encargó la Yaya que te dijera, no es el mueble, sino el contenido de los cajones.

¿Recuerdas que todo el mundo en la casa se burlaba de la manía de que la abuela tuviese ese armario y cerrase con llave cada cajoncito?

A nosotras nadie nos explicaba nada, porque éramos muy chicas.

''Cosas de mayores'', decían.

''Manías de vieja'', argüían.

Apenas un par de días antes de morirse, la abuela, que sabía que sus noventa y ocho años ya eran suficientes y no iba a conseguir superar a su madre y sus ciento tres, me llamó a su cabecera.

Me pidió, a solas, que si la ayudaba a poner en orden ese armario, que quería fuese para ti. Orden por última vez.

Y por fin pude comprobar que lo que había escuchado decir a las mujeres entre dientes era cierto. La abuela debía estar un poco más loca de lo que parecía, porque guardaba en esos cajones todas las bragas de hilo de su ajuar de novia, bordado setenta y cinco años antes.

Con paciencia, fui sacando una a una las prendas de ropa interior, y se las acercaba, siguiendo instrucciones suyas.

La abuela las acariciaba, algunas las acercaba a la mejilla...con el contenido de algunos cajones lloró, con otros sonrió, con algunos hubo una franca carcajada, y con otros sólo una sonrisa de complicidad.

Luego las doblaba y las volvía a introducir en su cajón correspondiente, y daba vuelta a la llave.

Cuando terminé, después de un buen rato...no llevé la cuenta exacta, pero estarían llenos casi los doscientos cajones del mueble, la abuela me llamó a sentarme a su lado.

Me tomó de la mano, y me señaló al cabecero de la cama.

''¿Sabías que tu abuelo había construido esta cama con sus propias manos?''

Claro que lo sabía. Había sido el aporte principal del abuelo al ajuar familiar. Los muebles tallados a mano. La abuela había aportado sólo su mueble de botica, y toda la ropa de la casa bordada. La abuela había sido bordadora antes de casarse. El abuelo era un ebanista formidable. Tan alto, tan apuesto. La abuela a su lado, diminuta, poquita cosa, morena y nerviosa...no parecían hacer buena pareja. Siempre parecía que la abuela le anduviese a la zaga,...incluso para morirse, que el abuelo se fue treinta años antes. Y la abuela esa vez no tuvo prisa en seguirle.

''A tu abuelo le gustaba dejar huella por donde pasaba. Tenerlo todo anotado. Pero era muy desmemoriado, así que este cabecero fue su diario. El pobre apenas sabía escribir su nombre, yo era la que le hacía todos los papeles de la carpintería...pero, claro, esto, esto no me podía pedir a mí que se lo anotara.''

No entendía a qué se refería la abuela, pero vi que su mano se paseaba en torno a unas figuras talladas sobre el cabecero. Eran árboles. Manzanos, parecían, cargados de frutas, de manzaninas...

''No entiendo, abuela''

''Hay poco que entender. Tu abuelo era hombre, muy hombre y muy apuesto. Salía mucho, entraba en muchas casas. Yo siempre supe, y él nunca me dijo. Callarse es importante para que un matrimonio aguante. Ahora las jovencitas no os calláis. Qué suerte tenéis. Tenéis cámara de fotos para guardar recuerdos, y decidís qué fotos queréis haceros. Nosotras no podíamos. Tu abuelo era hombre y yo mujer. El salía, regresaba oliendo a otra, una vez más. Recién lavado y peinado, con sonrisa satisfecha...y entraba aquí, y me decía que iba a hacerle un retoque al cabecero. Yo me iba al corredor, a bordar. Y él se quedaba aquí, un rato a solas con esa sonrisa de satisfacción y su navaja, y cuando salía, había una manzana nueva colgando en algún árbol.''

Miré a los árboles del cabecero, en los que casi ni había reparado durante todos esos años.

Había muchas manzanas. Muchísimas.

Pobre abuela...bordando afuera, en el corredor, mientras el abuelo le hacía otra muesca al cabecero donde dormirían esa noche...

''Abuela...'' le dije, intentando abrazarla, pero ella esquivó mi caricia.

''No, niña. Lástima nunca. Tu abuela era mujer. Pero no tonta. ¿Qué te has creído?...''

No entendía...Entonces, ¿por qué me lo había contado la Yaya? Tú sabes, Lita,la abuela siempre parecía tan segura, tan digna. No me la imaginaba callando y aguantando en silencio tantos años. Pero me lo acaba de contar.

''¿Has visto las prendas que has guardado en los cajones?''

''Sí, Yaya. Son la ropa interior que bordaste de soltera. Tu ajuar. El que nunca has querido estrenar, y has estado guardando todos estos años''

''Nunca lo quise estrenar con tu abuelo. No se lo merecía. Pero están estrenadas. Todas. Cada braga...Acércame una, una cualquiera''

Y le tendí una, que a mí me parecía tan nueva y tan igual a todas las demás.

''Mira esto'' --me explicó-- ''¿Ves este bordado?''

En suave tono malva, en punto tallo y punto cadena tan diminuto que casi parecía invisible, había una fecha y unas iniciales grabadas en el delantero de las bragas de hilo y encaje ya tan pasadas de moda.

''Este fue Carlos Gustavo, el nuevo profesor de piano de tu hermana. Y éste la fecha de nuestro romance. De abril a junio del 19....''

Me costó unos segundos asimilar la información que me había dado la abuela, como supongo te está costando a ti, entender a nuestra Yaya, la que nos hacía bizcochos de manzana y caramelo de verdad al fuego de carbón, como una mujer capaz de pagarle a su marido no sólo con la misma moneda, sino hasta en el dos por uno... a juzgar por el número de manzanas y el de cajones...

Pero le agradecí el nuevo recuerdo que acababa de regalarme.

Ya nunca más pensaría en la abuela bordando a solas en el corredor mientras el abuelo tallaba una nueva manzana, en ostentación de su masculinidad, en el cabecero sobre el que se apoyaría su esposa, a la que tomaría como mujer una noche más, bajo la sombra de otra manzana. Ahora la recordaría bordando en sus bragas pasadas de moda, una nueva fecha, mientras tarareaba por lo bajini la nueva canción que le había enseñado el profesor de piano, o el de violonchelo, o el de flauta, o aquella jota que cantaba el escayolista.

Sólo lamento haber conocido a mi abuela como mujer sólo tres días antes de morirse.

Así que ya sabes, Lita. Que el armario, con sus casi doscientos trofeos usados, es para ti.

Eso y un consejo que me dio : Que no importa que tengas cinco críos. Que ahora ya no hay que esconder las bragas usadas en los armarios. Que tú y yo hemos nacido con la lavadora. Y que tus niños son mis sobrinos y yo puedo ser mejor marido que ese hombre que al que aguantas borrachera tras borrachera.

Por cierto, el último cajón de la izquierda, no tenía bragas. Tenía las joyas que nunca quiso poner al alcance del abuelo la Yaya.

He ido a tasarlas, por preguntar. Y hay suficiente para el billete de los seis y aún quedará para arreglar el pisito de la Yaya, que mamá me ha dicho que no va a venderlo, que lo deja para nosotras. Y en la panadería de abajo, necesitan una repostera que ayude algunas horas, y les he dicho que mi hermana hace los mejores bizcochos del mundo. A mí acaban de hacerme fija en el ministerio, por cierto.

Yo creo que nos arreglaremos muy bien.

Ahora tú verás...pero yo sigo diciendo que me parece más fácil veniros vosotros que enviarte el armario, que es un mamotreto de cuidado.

Tu hermana que te quiere,

Cuca



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