EL ESPÍRITU DE LANA

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


a iluminación de Navidad de ese año no funcionaba en la ciudad. Cada Navidad era elegido un ciudadano a sorteo y a él le correspondía encender el alumbrado. Pero ese año, la agraciada, Lana, se negó a hacerlo. El alumbrado no tenía un sistema tradicional, con sus bombillitas y miles de metro de cable desperdiciado; en esa ciudad del norte donde aún se recordaba la época en que las Magas eran de carne y hueso, el alumbrado era regalo de una de las últimas, y no consumía electricidad alguna: era la única iluminación navideña mágica del país.

Y cada año necesitaba del espíritu navideño de un ciudadano para encenderse, y permanecer iluminando hasta la noche de Reyes. Pero las Navidades habían dejado de ser unas fechas dichosas para Lana hacía mucho tiempo, y ella sólo deseaba una cosa en estas fechas: que pasasen pronto.

Ya había pasado medio adviento, y la ciudad permanecía sin luces. Lana había conseguido vivir ajena al disgusto general que aquello provocaba en sus vecinos, hasta que una noche, de regreso a casa, se encontró a un niño de unos seis años mirando extasiado a las ristras de bombillas apagadas. Miraba con cara de concentración, como si en realidad sí estuviesen encendidas.

-- ¿Qué miras, pequeñuelo? ¿No ves que no están encendidas?

-- Sí --le respondió el niño --, ya lo veo. Pero intento imaginármelas encendidas.

-- Pues serían igualitas a como fueron el año pasado, y el anterior, y el anterior...--enumeró Lana con hastío.

-- Sí, supongo -- aceptó el niño -- Pero yo no puedo recordar cómo eran, sólo imaginarlas. Hasta este año estaba ciego. Me operaron hace meses, y el doctor me prometió que me quitarían los vendajes para poder ver mi primer alumbrado navideño. Me los quitaron hace cinco días...y todas las noches vengo a ver si por fin puedo ver mi primer alumbrado, pero...¡nada!

Lana ya no estaba para escuchar al niño. Había dado la vuelta hasta el ayuntamiento, donde consiguió despertar a un atónito guardia de seguridad y convencerle para que la acompañara hasta donde el balcón donde permanecía esperando por su mano el interruptor con su nombre escrito.

Sólo tuvo que tocarlo y la ciudad despertó en luces.

A Lana seguía sin gustarle ver aquel despliegue de luces y colores que la turbaba, pero pensar que para algunos ojos sería toda una fiesta, compensaba su tristura y soledad propia.

Soledad que no fue tanta esas navidades, porque el guarda de seguridad, ya despierto, resultó responder al nombre de Juan, ser soltero, inteligente y poco amante de las celebraciones navideñas, por lo que pasar la nochebuena con él, acabó siendo un regalo inesperado. Esa, y las nochebuenas que siguieron.



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