EL FUTURO EN TUS MANOS

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


a baraja era algo que siempre había tenido una atracción especial para Ágata.

En su casa no había reunión familiar que no terminase con una partidita de cartas, entre los varones de su familia, en la mesa que sólo se abría para tal fin, con el tapete de fieltro de color verde excursión debajo, y toda la ilusión del mundo encima.

Los hombres vociferaban, golpeaban la mesa, sujetaban cada mano de cartas como si les fuera la vida en ello. Y al final, ganasen unos u otros, todos parecían satisfechos, como si el juego les hubiese dotado de una magia propia.

Porque Ágata estaba segura de que las cartas tenían magia. Tantas, con tantos colorines, con figuras que representaban cosas de su propio entorno.

El As de Copas, por ejemplo, siempre había sido uno de sus favoritos. Aquella copa grandiosa que nadie se podría beber, con sus colores oro y grana, como un capote de torero...prometía grandes victorias, seguro. Y la sota de oros, fina y confiada, como proclamando juventud y buena fortuna. Y los caballos, siempre mitad triunfo mitad guerra. Los reyes, con sus ropajes de lujo, y los cuatro, como patas de cama, o sillas a una mesa esperando.

A Ágata no le dejaban tocar la baraja. ''Es cosa de mayores'', le decían, y la apartaban. ''Es cosa de hombres'', añadía alguna vez su abuela. ''Las mujeres no jugamos, no es femenino'', sentenció en una ocasión la matriarca.

Y con eso consiguió que Ágata empezase a mirar con más ahínco las jugadas, ahora que sabía que le estaba vetado aquel juego, no sólo por niña, sino por mujer.

Cuando comprendió que no la dejarían jugar, aunque creciera, fue cuando decidió que aquella baraja tan mágica tenía que enseñarle sus misterios.

Así que empezó a usarla a escondidas, cuando no había mayores, y empezó a inventarse juegos en solitario, porque no conocía las reglas auténticas del mus o del tute, los juegos habituales en su casa.

Al cabo de unos meses, Ágata había desarrollado al menos un par de sistemas de juego novedosos, y los jugaba consigo misma y sus muñecas. Pero como no podía ocultarse las cartas que llevaban cada una, no era tan entretenido.

A fuerza de jugar, Ágata empezó a percatarse de que ciertas combinaciones se repetían mucho, como se repetían las combinaciones de letras en una cartilla escolar.

Y tal como estaba aprendiendo a leer, Ágata empezó a hablar con las cartas, en un código mitad inventado, mitad que sentía que ellas le estaban enseñando.

Al cabo de un año, Ágata se había acostumbrado tanto a las cartas, que a veces pensaba en combinaciones de ellas. Traducía sus pensamientos en cartas, sin proponérselo.

Una nochevieja, mientras los hombres jugaban y ella escudriñaba la partida desde lejos, vio varias manos que le salían a su primo. Y supo que estaba engañando a la prima Carmela con la prima Luisa, y que iba a haber una tragedia. Esa noche se lo contó a su hermana mayor, pero no la creyó, evidentemente.

Dos semanas después, la prima Carmela encontró juntos a la Luisa y al Marcial, y se tiró por una ventana, presa del dolor, después de clavarle un cuchillo en el pecho a su marido.

Durante semanas, nadie volvió a jugar a las cartas en la casa. Pero, en el verano, volvió a haber partidas.

Y así Ágata supo que el primo Fernando iba a tener mellizos en primavera, que papá iba a cambiar de coche, y que el abuelo se rompería una cadera en otoño, pero que saldría con bien de todo.

Esta vez se lo contó también a su hermana, que sí le hizo algo de caso. Y según se iban cumpliendo una y otra vez todas las cosas que vaticinaba, su propia hermana le consultaba a menudo. Y luego fueron las amigas de su hermana, y las amigas de amigas...

A los dieciséis, cuando el padre de las niñas se murió en un derrumbe que hubo en la mina, y para el que las hermanas llevaban meses preparando la ropa de luto, Ágata se fue a la ciudad vecina, con una tía mayor soltera, algo excéntrica, y empezó a leer las cartas a otros, cobrando por ello.

En un par de años, Ágata era la mejor lectora de cartas que se conocía en el norte del país, y tenía una lista de clientes que esperaba durante meses para que les atendiera.

Ella seguía hablando con sus queridas cartas, escribiendo su propio diario con el código que había inventado desde sus oros, sus bastos y sus sotas, y hablando con los caballos como si pudiera escucharlos relinchar.

Un día llegó un cliente a su puerta, y no más cortarle el mazo de cartas, supo que se casaría con él. Dos hijos y muchos cortes de cartas después, se levantó una mañana, sacó su baraja preferida, vio la carta que salió, y telefoneó a su hermana para decirle que la quería.

No acudió al entierro de su hermana, aquel día recibía a un importante ministro y su señora, que esperaban conocer de sus manos el futuro.

Unos meses después, su marido que iba a ir al médico por unas molestias en el brazo izquierdo, le pidió que le hiciera un corte. Ella no quería, desde el corte que le había hablado de la muerte de su hermana, no había vuelto a tirar cartas propias, pero él insistió y lo hizo.

Cuando los caballos le hablaron de muerte y separación, ella le mintió.

Mientras su marido se iba, calle abajo, le observó caminar, le besó en la distancia con amor, y salió al jardín.

Allí hizo una enorme hoguera con todas sus barajas, con el paño verde sobre el que realizaba las tiradas, con la bola de cristal que ella no usaba, pero que ambientaba la consulta, y miró cómo se consumían, cómo se reducían a cenizas, sus queridas amigas durante tantos años.

Cuando su marido volvió a casa, se sorprendió al ver que ella había quitado la placa de la puerta donde anunciaba el horario de consultas. Y cuando le contó que el médico no le había encontrado nada, ella le dijo que al día siguiente irían a visitar a unos viejos amigos a la capital, donde de paso, acudirían a un especialista, a un cardiólogo excliente de ella.

-- ¿Y tus clientes? -- insistió él -- ¿Y tu vida? ¿Vas a dejarlo todo así, de pronto?

-- Me he retirado. Ahora voy a empezar a leer, pero en verdad. Voy a leer la vida.

Y para acompañarlos en aquel viaje, aquel viaje que ella emprendía dispuesta a que fuera de ida y vuelta, no sólo de ida, Ágata se compró una libreta, una pluma nueva y empezó a escribir un diario, como nunca había hecho: con palabras, de puño y letra.

La primera frase se escribió sola: Nunc coepi. Ahora empiezo. Un lema que recordaba haber leído alguna vez, cuando en su vida había palabras, y no sólo cartas.

El cardiólogo le detectó a su marido una cardiopatía extraña que les había pasado desapercibida a los médicos anteriores, y le operaron de urgencia. Mientras esperaba a la puerta del quirófano, Ágata consiguió reprimir sus manos ansiosas, que buscaban el tacto de la baraja como el fumador busca un cigarrillo. Y supo, sin necesidad de ellas, que su marido sobreviviría.

Y aquel diario terminó convirtiéndose en una novela, y las palabras de Ágata fueron leídas con tanta atención como antes había leído ella las cartas, pero sin más poder sobre la vida de otros, que el poder de una caricia amiga, como sólo pueden acariciar los relatos bellos, las historias amigas.



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