LAS ALAS DE LA ESCRITORA

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


a Escritora había perdido sus palabras.

El teclado se negaba a ser su amigo. El bolígrafo la esquivaba.

No era capaz de terminar un relato, casi ni una frase.

La Escritora estaba triste. Un amor que se encendía, se apagó bruscamente y a la luz de ese rescoldo que no alumbraba, no encontraba su inspiración.

Las manos de la Escritora, otrora blancas, alargadas, delgadas...empezaban a ser casi azulinas, casi torpes, casi ajenas. La Escritora se las miraba y no se las reconocía. No podían ser aquellas sus manos dadoras de cuentos y magia. Aquella manos se las había cambiado un duende burlón durante el sueño, seguro.

A fuerza de mirárselas, las manos le resultaron deformes y feas.

Y ya no pudo escribir más con ellas.

Una mañana, la Escritora se sentó frente a su ordenador, consiguiendo apenas manejar de forma torpe el ratón con una de sus manos doloridas desde hacía días.

Encontró un mensaje antiguo en su Bandeja de Entrada. Era de una compañera de comunidad, lectora de sus cuentos durante sus horas bajas. Le había escrito: 'Gracias, Escritora...tus cuentos me han ayudado a volar cuando mis problemas me anclaban al suelo'.

A esa compañera se le había muerto un hijo de forma trágica durante aquellos días. Recordar que una vez sus palabras habían sido el pañuelo que habían enjuagado las lágrimas de ese alma bella...la hizo a ella romper en llanto.

Lo único que hacía bien, lo único para lo que estaba dotada...lo único en lo que no erraba en su vida...¡escribir! ¡y lo había perdido!

Su llanto fue tan crudo que empapó sus manos.

Y sus manos mojadas empezaron a resquebrajarse...dejando apreciar bajo un molde de piel de aspecto escayolado...el comienzo de unas alas.

La Escritora convertida en cometa...salió a estrenar su vuelo.

Y regresó a teclear ante su ordenador...con la nariz...pensando en instalar un programa de reconocimiento de voz, pero dispuesta a mientras tanto no dejar pasar ni un momento más sin pintar sus palabras en la cola de su cometa, de esos cometas en que había aprendido que todos podíamos convertirnos.



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