EL MILAGRO DE LA LLUVIA

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


unca me había gustado la lluvia. Me hacía sentirme fría, pequeña e indefensa. Tal vez porque, el día en que él se había marchado, llovía.

Sabía que era una tontería, que había llovido muchas otras veces, antes, durante y después, pero, de alguna forma, que lloviera justo en el instante en que me aferraba con fuerza a su rostro, intentando coser su perfil con puntadas de hilo de acero en mi memoria para no olvidar nunca aquel rostro amado, asoció para siempre en mi interior la lluvia con su pérdida.

Porque aunque él me hablaba de regresar, de vernos, de un futuro, de un nosotros, yo sólo miraba aquellos labios que me moría por besar, y pensaba...''me está diciendo adiós, me está diciendo adiós''.

Y, con esa clarividencia que alguna vez las mujeres llevamos en las entrañas, lo supe, y lo fue.

Su adiós.

¿Qué pasó?

¿Qué nos separó?

Nos pasó la vida. Simplemente. Nos pasó la vida que tal vez nunca fue de nosotros, de un nosotros.

Ahora, otra vez, otro año, era navidad sin él. Otra navidad sin él.

El día que en mi ciudad encendieron la iluminación navideña, llovía. Y yo, como tantas otras lluvias, me acordé de él.

Me encaminé a permitirme disfrutar de su recuerdo en soledad a un paseo cercano, donde con el mar de confesor me concedía a veces el lujo de ser débil, pensar en su ausencia, y contener mis lágrimas, esas que me negaba a derramar por él.

Después del paseo regresaría a mi vida, mi vida dichosa, con mi familia, mi luz, mi fuerza, y su recuerdo enterrado en mi interior hasta, quizás, otra tarde lluviosa.

Siempre tenía buen cuidado de no mojarme. No soportaba mojarme. Saqué mi paraguas, mi sombrero, y me protegí de la lluvia sujetando con fuerza ambos, sintiéndome segura y a salvo bajo mis guantes y mi ropa de abrigo.

En el paseo estaba sola. Me gustaba esa sensación. Era una metáfora de mi vida. Me sentía tan sola como en mi cotidianeidad. Rodeada de gente, habitualmente, pero sola. Esa soledad que sólo puede suplir una persona, una persona que no está.

Una ráfaga de viento, inesperada porque el tiempo era lluvioso pero apacible, me arrebató de improviso el paraguas, y se lo llevó a algún lugar más allá del alcance de las farolas del paseo. Arreció la lluvia, y yo me quité un guante para sujetar mejor el sombrero que me protegía de mi odiada lluvia. Pero fue un intento vano: otra ráfaga se llevó mi sombrero, en busca del paraguas probablemente, porque eran buenos amigos, siempre se habían llevado bien.

Por primera vez en tantos años la lluvia empezó a empaparme. Pero, a pesar de que el agua me resbalaba ya por el pelo, por las pestañas, me entraba en la boca...no la sentí enemiga, no como la había sentido todo este tiempo.

Abrí la mano desnuda y formé un cuenco con mi palma, contemplando durante unos segundos cómo se iba llenando de agua y concentrándome en el milagro de mi mano desnuda convertida en receptáculo, que me traía a la memoria un recuerdo olvidado hasta ese momento:

Un día de campo, una excursión con él. Llegamos sedientos hasta una fuente, una fuente que se nutría de agua de deshielo, que brotaba tan fría del caño que hacía daño. El se había acercado, había formado un cuenco con sus manos, y me había invitado a beber en ellas.

Yo hundí mi boca en el cáliz de sus manos y bebí, sintiendo que le bebía a él, además de en él.

Que él bebiera luego el agua de mi propia boca fue sólo un paso que seguía a otro paso, como sus manos húmedas sólo buscaron otra humedad en mí, y nos bebimos ambos, encendiendo más que apagando nuestra mutua sed. Nos amamos hasta la tarde, en ese alto del camino, con la música del arroyo del deshielo acompañando nuestra pasión en su melodía de vida y frescura.

Y yo lo había olvidado.

Todos estos años había mantenido oculto ese recuerdo hermoso, porque me dolía demasiado conjurarlo, hasta el punto de que había matado hasta lo bello que me había dado, todo lo bello lo había borrado también de mí. Así, en realidad, yo no era más pobre porque él ya no estuviera en mi vida, sino que era más pobre porque no le permitía estar en ella.

Y lloré. Lloré. Por primera vez lloré por aquella partida, lloré las lágrimas que no había llorado en su nombre, lloré por haberle amado, por negarme a recordarle con amor, pero, sobre todo, por haber permitido que su partida me hubiera privado del calor de su recuerdo, de todas las cosas hermosas que él había provocado en mí.

Y, al fin y al cabo, lloré porque aún le amaba y él ya nunca lo sabría. Y porque le había perdonado, le había perdonado el dolor que me había causado su marcha, y tampoco lo sabría.

Mis lágrimas se mezclaron con el agua de lluvia, las contemplé flotar durante unos instantes sobre el asfalto, rumbo a cualquier desagüe, y, después, desaparecieron, sin duda camino del mar.

El mar que nos abrazaba a ambos debía ser el mismo.

Unas horas después, en otra costa, a mucha distancia de mis lágrimas, llovió también para él.

Él, al contrario que yo, amaba la lluvia. La lluvia siempre le traía el recuerdo de mi visión enmarcada por un paraguas de cuadros rojos y verdes, la última vez que me había visto.

Esta vez, como tantas otras, él elevó su rostro para recibir la lluvia, que en su ciudad era una bendición inesperada, y saborearla. Al paladear el primer trago de lluvia que mojó sus labios...le supo a mí.

Y el recuerdo de mí, de mis ojos secos en su despedida, de mi frialdad al decirle, 'buen viaje, sé feliz', se cambió por otra imagen donde yo lloraba por él, porque no estaba, y cada lágrima era un canto a lo mucho que le necesitaba, le añoraba, y le amaba.

Dos días después, volvió a sorprenderme la lluvia. Desde la vez anterior, no había vuelto a llevar paraguas. De alguna forma, sentía que ya no necesitaba paraguas, ni para protegerme de la lluvia ni de su recuerdo.

Así que fui al lugar donde había perdido mis lágrimas, a disfrutar de la lluvia. Había alguien en mi rincón. Un perfil masculino que miraba hacia el cielo, a pesar de la lluvia, y disfrutaba con ello. Incluso parecía que bebiera las gotas de lluvia.

No tuve que acercarme más para saber que era él.

No hay veinticinco años que borren la memoria del corazón.

Y no tuve ni que pronunciar su nombre en voz alta para que él se diera la vuelta. Sólo tuve que gritar con alegría desde mi interior y, después, después sólo tuvimos que llorar juntos y besarnos nuestras lágrimas y aprender que se puede escuchar la melodía de un arroyo de deshielo también cuando se hace el amor bajo la lluvia de diciembre.



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