EL PRECIO DEL PEAJE

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


l viajero llegó al puente y se detuvo ante la escultura de la maga.

La maga era una imagen tallada en piedra con la que había que negociar para cruzar el puente, el único camino posible para cruzar aquel río, como todos sabían en la zona.

Y el viajero había sido informado de ello. Así que habló a la maga, esperando saber cuál era el precio para poder cruzar al otro lado.

-- Para poder cruzar al otro lado -- le informó la voz que surgía desde el fondo de la piedra -- Debes elegir entre estos dos males. Aquí tienes dos bolsas, cada una con un mal en su interior. Si eliges la opción correcta, podrás pasar. Si eliges la equivocada, no podrás atravesar nunca el puente y además caerá sobre ti el mal que contiene esa bolsa.

-- Y, ¿debo decidir ahora mismo? -- dudó el viajero.

-- No, puedes tomarte todo el tiempo que quieras.

El viajero se sentó cerca, a un lado del camino, y empezó a pensar cuál de las dos bolsas debía elegir.

Pensó y pensó. Pensó de forma lógica y de forma irracional. Lo echó a suertes, y a desgracias, y no se decidió.

Regresó al pueblo, consiguió unos aperos, y acampó en las cercanías del puente.

Mientras seguía pensando en cómo atinar con la solución correcta.

Pasaron los meses, y de vez en cuando el viajero veía llegar otros viajeros, mantener una conversación con la Maga, y después, avanzar por el puente.

''Otro que ha acertado'' -- se decía -- ''Qué inteligente debe ser, y yo que sigo sin descubrir el indicio que sin duda ven otros para responder con tanta celeridad...''

Lo que le animaba a seguir pensando con fuerza, con fiereza incluso.

Pasaron los años, y el viajero aprendió a sobrevivir en su morada provisional. Había empezado a tejer cestos y sombreros con los juncos que crecían al lado del puente, y los vendía a los viajeros que seguían cruzando, uno tras otro, el puente.

En alguna ocasión algún viajero se ofreció a ayudarle a mejorar su alojamiento, construyendo una auténtica cabaña y regalándole algunos utensilios, pero él se negó.

-- No, gracias. No vivo aquí, en realidad. Sólo estoy de paso. Voy a cruzar ese puente en cualquier momento.

Como su tiendecita no ofrecía apenas abrigo, no se alimentaba correctamente y tampoco tenía apenas ropas de abrigo, un invierno, al final, el viajero enfermó.

Y como era un invierno especialmente crudo, nadie pasó por allí, en muchos días, y nadie pudo auxiliarle.

Cuando el viajero supo que llegaba su hora, consiguió arrastrarse hasta la imagen de piedra, frotó su pie como mandaba la tradición, y cuando esta le preguntó qué quería, le pidió:

-- Por favor, Maga, por favor...me muero.

-- Ya veo. Pero no puedo ayudarte en eso, me temo. Sólo soy la guardiana del puente.

-- Pero sí puedes ayudarme a no dejarme morir con esta duda. Necesito que me digas cuál era la opción correcta, qué bolsa debiera haber elegido.

-- ¿Cuál hubieras elegido tú?

-- No lo sé...¿no lo entiendes? Tengo que saber cuál es la correcta para poder elegir, ¡y no lo sé! Tantos años y no lo sé.

La Maga salió de la piedra, convertida en mujer por unos instantes, y se agachó a sostener al moribundo, que miraba a ambas bolsas con una mezcla de súplica y odio.

-- Viajero, mi querido amigo de tantos años. ¿Nunca te preguntaste por qué todos pasaban al otro lado? Nunca en todo este tiempo nadie se quedó sin cruzar el puente, excepto tú. Cada uno de los otros, elegía una bolsa. Esa era la opción correcta. Elegir una. Cualquiera de ellas. No importaba el contenido. Porque el contenido de ambas bolsas es el mismo: ábrelas y comprueba tú mismo el mal que has estado padeciendo estos años, y por el que mueres ahora.

Y de ambas bolsas cayó un polvo dorado que dibujó en el suelo la palabra COBARDÍA.



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