EL RETRATO DE UN AMOR
© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.
[ Cuentos en botella ]
ilvia era correctora de textos en aquella editorial de la capital desde hacía ya tres años. Había empezado su trabajo muy enamorada de él, de la posibilidad de leer libros y mejorarlos, de poder vivir entre sus páginas. Pero tras los primeros meses, la rutina del trabajo se había impuesto a la ilusión inicial, y ya sus ojos se deslizaban por las líneas sin detenerse en la historia.
Un día entró un libro más, un libro en el que empezó a trabajar con tan pocas ganas como en cualquiera de los últimos. Se trataba de un libro sobre la caída moral de un personaje: Mauro.
Mauro era retratado por el autor en tal forma que sin duda debería terminar por resultarle antipático al lector, pero, para Silvia, el personaje surgió desde las líneas con fuerza propia. Al cabo de un par de días de estar trabajando con su historia en la oficina, le parecía que ya lo conocía, que Mauro era un viejo amigo, al que hacía tiempo que no veía y que había vuelto a su vida.
Una mañana, durante el desayuno, aprovechó para ojear folletos de viajes, pensando en escaparse a algún lugar en que no se celebrase demasiado la navidad, para olvidar esas dichosas fechas. Y mientras dudaba entre dos destinos se descubrió a sí misma pensando en cuál sería el que hubiera preferido Mauro. Se ruborizó al percatarse de que acababa de tratar a su trabajo como si estuviese vivo, e intentó apartar la idea de su cabeza.
Pero, una semana después, se dio cuenta de que hacía la compra pensando en lo que a Mauro le hubiera gustado cenar, y que iba al videoclub a buscar las películas que él contaba en la novela (bueno, que su autor contaba), y que había empezado a comprar ropa según los gustos de Mauro en la novela.
A las dos semanas, estaba enamorada de Mauro.
Ni siquiera conocía al autor de la novela, al 'padre' literario de Mauro. Y en realidad, ni quería. Mauro había llegado a ser parte importante de su vida, y no quería compartirlo con nadie, ni siquiera con su creador.
A pesar de que Silvia sabía que tarde o temprano aquello tenía que terminar, que ninguna corrección duraba eternamente, el día que tuvo que entregar la novela, que sacó a Mauro de su mesa y de su ordenador, se sintió tan mal como si acabase de dejarla un amante.
La sensación de pérdida fue tan grande, que terminó por quedarse unos días de baja. No podía volver a aquella mesa y permitir que fuese otra historia la que ocupase su vida. Necesitaba a Mauro, necesitaba saber cómo le había ido, qué había sido de su vida después del FIN del libro.
Así que, como no se atrevía a localizar al autor, lo que hizo fue comprar una libreta de tapas moradas, unas cargas nuevas de tinta morada para su pluma, y empezar a escribir la historia de Mauro.
Cuatro libretas y unos cientos de páginas después, consiguió reunir las fuerzas para regresar al trabajo, y enfrentarse a la rutina de un nuevo libro en el que no saldría él.
Silvia continuó escribiendo la vida de Mauro, la vida de Mauro ya con ella. Mientras tanto, la novela había sido todo un éxito de ventas, y Mauro ya era casi patrimonio común de los lectores, que, ávidos de su héroe, como ella, pedían más. Y lo hubo. Salió al mercado en un tiempo récord una segunda parte, una segunda parte que Silvia se negó a corregir, para no empañar la imagen de su propio Mauro, ese que ya vivía en sus libretas.
En un viaje en tren, esperando en una estación llena de gente, Silvia compartió banco con un joven ensimismado en un libro. Era el primer libro de Mauro, la novela en que se había enamorado de él.
Silvia debió quedarse mirando al libro con tanta insistencia que el joven levantó la vista de su lectura y la clavó en ella. Al cruzarse los ojos de ambos, ella se sintió obligada a explicar...''Me gusta más este que la continuación''.
-- Claro -- asintió él muchacho -- A mí me parece floja la continuación. Yo la acción la hubiese continuado en Marsella, no en París.
-- ¿Marsella? -- se sorprendió ella -- ¡Por supuesto! Mi Mauro sí continúa en Marsella...
--¿''Su Mauro''?...
Y con la familiaridad con que a veces uno habla con extraños, Silvia le contó su historia de amor, su historia de amor con un personaje, durante los últimos años.
El joven, que era pintor, y al final resultó no ser tan joven como aparentaba, se enamoró perdidamente de la autora que se había enamorado de una ficción, y de las obras que ella había escrito para su amor imposible.
Un día, unos meses después de ese primer encuentro, y cuando ya había leído todas las libretas moradas, le regaló un cuadro muy especial a Silvia.
Era un retrato de Mauro, del Mauro tal como ella lo había descrito e imaginado, pero con la particularidad de que si se miraba más de cerca, se descubría que debajo estaba el propio rostro del pintor.
A Silvia el pequeño engaño del pintor la hizo sonreír, máxime cuando hacía semanas que seguía rellenando libretas malvas, pero esta vez con un personaje real como protagonistas, con unos hoyuelos muy divertidos, una risa fresca y el mismo gusto que ella por la literatura.
[ Cuentos en botella ]
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