EL TELAR QUE SE HIZO ARCO

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


tra noche más, el palacio ya dormía, cuando Penélope descubrió con amor la labor en la que había trabajado durante el día, y se sentó ante el telar.

El asiento de piel se ajustaba a sus caderas con la familiaridad con que otrora la había abrazado el amante ahora ausente, y callaba sus movimientos, cómplice de su delito nocturno.

Tomó las tijeras, y cortó el primero de los hilos de la trama que iba a deshacer esa noche.

Era un hermoso hilo dorado, casi del mismo color que los cabellos del ausente. Aunque, habiendo transcurridos tantos años, ¿acaso su cabello no sería ya canoso, como el de ella? Otros aires, otras mujeres, habrían visto mudar su trigo en nieve, pero no ella. A ella le había sido hurtado ese placer, como el de mesarlos cada noche, y el de hundir la nariz en ellos y aspirar el aroma a él, un aroma que aún permanecía en la casa, a pesar de tantas noches sin él, y tantos pretendientes aspirando a ocupar su lugar.

Enredó con placer el hilo en su dedo índice, y tiró de él. El hilo se rebeló ante lo que se le pedía, y cortó la carne que quería convertir la escena sobre la tela en otro montón de hilos a sus pies.

Penélope se quedó quieta, viendo caer la sangre de su dedo, lentamente, no como uno esperaría que sangrara una herida recién causada.

La sangre brotaba como si acabase apenas de despertar de un sueño, y bostezara entre gota y gota, reacia a manar desde el corte.

''Sangre de vieja -- se dijo a sí misma Penélope - Tengo sangre de vieja ''

Y mientras se chupaba el dedo herido, reparó en la escena que había tejido durante el día, sin prestarle apenas atención: era una escena de amor, en una playa, dos amantes se besaban. Intentó reconocerse en la mujer, y no pudo. Ya no recordaba el sabor de los besos de él, ni cómo era sentirse acariciada y gozar hasta que el mar se hiciera uno con los dos y los tres se fundieran en gozos y retozos.

Penélope fue a buscar con qué curar la herida, y vio las tijeras con que le cortaba el pelo a su hijo, a Telémaco, tan distinto, tan distinto afortunadamente a su padre, como pueden serlo un padre y un hijo.

Ella no se había vuelto a cortar el cabello desde la partida del ausente. Lo llevaba siempre recogido sobre la cabeza, para evitar en parte el castigo que suponía su peso.

Se soltó el gran moño, y fue desenredando la trenza que lo formaba y que le llegaba a los pies. La tomó y la cortó de un solo golpe de tijera.

Volvió a su telar y depositó la trenza cortada sobre la escena de los dos enamorados. Sabía que Telémaco la vería al amanecer, cuando acudiese a despertarla del breve sueño que solía permitirse sobre el armazón del telar cada noche, antes de que despertase nadie más en el palacio.

Atravesó las salas donde dormitaban, mitad borrachos, mitad drogados por las hierbas que se añadían siempre al vino en aquella casa, los pretendientes.

Se acercó a uno de los últimos, uno menudo y nervioso, casi de su misma estatura, y le quitó sus armas.

Se vistió con las ropas del durmiente, se ajustó su casco, el peto, ciñó el escudo a la cintura, la espada al cinturón, tomó el arco del ausente que le esperaba desde tanto tiempo como ella colocado en un lugar de honor, con forma de sonrisa de burla eterna, y salió con paso decidido de su palacio, en el que un día había entrado vestida de novia.



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