EL DÍA EN QUE MI FUTURO ME VISITO

© Relato creado y registrado por María de Juan.
Prohibida la reproducción total o parcial sin el consentiminto de la autora.

[ Cuentos en botella ]


l interno del psiquiátrico le pidieron que construyera un muro, como castigo por su mal comportamiento. El equipo médico esperaba que el trabajo manual cansado le tranquilizara y le ayudara a integrarse con el grupo de enfermos.

El loco construyó el muro, bajo la atenta vigilancia de sus cuidadores.

Al terminarlo, pidió permiso para pintarlo. Y los vigilantes, satisfechos porque había aceptado el castigo, se lo dieron. Le proporcionaron útiles para pintar, y se alejaron, confiando en su buena disposición.

El loco usó el destornillador para abrir la lata de pintura blanca, y después se cortó las venas con él. Embadurnó la brocha en su sangre, y pintó una puerta en el muro.

Cuando la puerta estuvo terminada, tomó el pomo pintado en rojo oscuro, y lo empuñó, abriendo la puerta y pasando al otro lado.

Más allá del quicio de la puerta pintada en su muro, encontró a un niño llorando. Era un niño pequeño, solo en una habitación, rodeado de juguetes, y con churretones cruzándole la cara.

El niño ya no lloraba, pero su carita era de llanto. Le miró y le tendió los brazos, y el loco, sorprendido, se dio cuenta de que se los tendía a él. No había nadie más en la habitación.

Nunca había tenido un niño en brazos, nunca había jugado con un niño tan pequeño...pero todo le salió de forma natural, muy natural.

Jugaron, rieron, se abrazaron, se hicieron amigos. Cuando la noche llegó y nadie venía a buscar al niño, el loco se acordó de todas aquellas noches en que él había estado que sonaran las llaves en la puerta, y alguno de sus padres regresase a casa, para darle al menos el beso de buenas noches. Y reconoció el taconear familiar que se aproximaba por el pasillo, y supo que la que venía a buscar a aquel niño, era su madre. Así que se dio un beso rápido en la frente a aquel niño que había sido, y cruzó rápidamente por donde había entrado.

Al llegar al otro lado, la puerta abierta en el muro se cerró con ruido. Y al volverse, comprobó que el muro se estaba deshaciendo...convirtiéndose en polvo, poco a poco. Como todo lo que le rodeaba, como la herida de su muñeca, que no había sangrado al otro lado, y que había desaparecido al regresar a este lado.

Y ya no hubo Psiquiátrico, ni verjas, ni cuidadores...

y el sol dio marcha atrás en su andadura, y el paisaje se convirtió en un cuadro de Van Gogh con luz y vida...y él se encontró de pronto en mitad de un prado, con girasoles, colores y un amanecer por estrenar.

Y mientras empezaba a caminar por el sendero que sus pies encontraron en mitad de la plantación de girasoles, creyó escuchar una risa infantil, que reconoció al instante: era la suya. La risa que no había reído nunca, hasta esa misma tarde. Esa tarde en que el torturado adulto que era pudo jugar y consolar al niño abandonado que había sido.



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